Aullamos, aullamos, aullamos, auuuuuuuuuuuu



sábado, 19 de mayo de 2012

Historias de margaritas III

Sedmikrásky

Cuando desperté el otro lado de la cama estaba vacío. Cogí una chaqueta y me pasé las manos por los ojos para que estos se acabasen de abrir. Sus cosas ya no estaban. La chaqueta era suya y era lo único que quedaba. No me importaba que el suelo estuviese frío, al contrario, era una sensación placentera. Se oía un pitido continuo grave. Salí a fuera para averiguar de donde venía. De pronto sonaron cuatro notas de piano. Eché la vista atrás pero había sido tan sólo mi imaginación.  No había ni porche ni jardín ni patio, sin vallas o cualquier marca terrenal, era una casa de la época salvaje, cuando los robos se hacían a mano armada y los criminales eran famosos por ello, no por sus méritos políticos o empresariales, como ahora. Y el sonido chirriante... venía de mi cabeza. No había señales de vida, estaba a años luz de la civilización. Llegué de su mano y la primera noche inundamos de danzas tribales el bosque. Ahora la soledad ya no era de dos. Aquel magnifico lago parecía sólido. Me acerqué lentamente hasta que al tocar el agua con los pies mis pretensiones se esfumaron como envueltas de humo de invisibilidad. Me sequé el pie con la mano y me dirigí a la silla roja, compañera de otra silla roja que ahora estaba de más, y la mesa roja, que aún mantenía con vida el jarrón turquesa con una rosa rosa llena de vitalidad matinal. Utilicé la otra silla para posar mis pies y mandé al sol que me poseyera. Al fin y al cabo, el ser humano no es más que eso, uno mismo contra el mundo. Las nubes me arrebataron el sol igual que yo iba apartando cualquier tipo de sentimiento desbordante que sacaba mis garras de mortal maldita por su condición. En aquel momento no era más que una falsa muerte, nadie podía acceder a mi alma ni a mis caderas. Las relaciones humanas son tan frágiles... nos habíamos querido tanto. A veces la fortaleza es tal que te hace comprender la eternidad, pero esa eternidad permanece en ese momento, y luego, paradójicamente desaparece en busca de una nueva revelación. Me dolían las entrañas, tuve ganas de vomitar pero el sol volvió y me puse a reír como una loca. Dedicaría el día a recoger margaritas para substituir la flor del jarrón y manzanillas para hacer infusiones para beber pudiendo apreciar la belleza del nuevo ramo. Tras decidir aquello, volvieron a sonar las notas de piano. Y el sol volvió a desaparecer entre las nubes.

jueves, 10 de mayo de 2012

Nunca nadie nada

Berkeley fue la mejor época de mi vida, sin duda. Nos conocimos en el 64, no era ni mucho menos el más guapo pero todas andábamos locas por él. Empecé tarde con las drogas, todas mis amigas ya las habían probado. Lucy incluso se pasó de hippie. Su entierro fue el más real al que he ido nunca. Éramos jóvenes y nos sentíamos muy unidos, todos éramos almas gemelas y todo eso. Vietnam nos necesitaba y el mundo entero más. La verdad es que vivíamos sumergidos en la inocencia de un niño pero eso nos ayudó a sacar adelante un mundo que necesitaba avanzar al que no contaba que años después volvería a ser un abismo. Pero así es el ser humano. Y el olvidar no es eterno, el recuerdo puede salir a flote en cualquier momento, al igual que la mierda, eso sí, siempre con una máscara distinta.

Recuerdo sus mejillas rojas aquel día. Y su pelo sucio, unos pantalones anchos, el cuello de su chaqueta que chocaba con el de una camisa blanca un tanto desbotonada... Le dedicó unas palabras bonitas a Lucy, no la conocía mucho pero habían cruzado alguna vez unas palabras en alguna clase compartida y claramente ella poseía el espíritu que todos venerábamos. Mario siempre hablaba gesticulando y miraba intensamente largos ratos a los ojos de los que le escuchaban. Me había ganado un par de miradas de esas pero mis suspiros eran tan compartidos con otras miles muchacahas que mis esperanzas llegaban a ser nulas.

Cuando se lo conté a Claire se lanzó a mi cuello en busca del placer que podía proporcionarle el sufrimiento que me causaría mi muerte inmediata. Semanas después reiríamos comentando su berrinche de aquel día. Resulta que yo andaba leyendo algo de En busca del tiempo perdido, no sé si Sodoma y Gomorra o La prisionera, la cosa es que Proust me hacía sentir una intelectual y eso que aún no había descubierto la Generación Beat que fueron la gota que colmó el vaso de mi pedantería juvenil. Lucía tapas de libros por toda la facultad y aquel día me había saltado una clase de literatura francesa para ir a leer a Marcel a la sombra de un naranjo, sobre un césped muy bien cuidado. El desconcierto llegó cuando alguien murmuró algo que no entendí a mis espaldas. Por un momento pensé que no se dirigían a mi pero al darme la vuelta allí estaba él, con la chaqueta de cuellos blancos y una mano en el bolsillo. Supongo que me puse muy roja porque él sonrió y me pidió perdón por la intromisión. Me preguntó si era mía una libreta de notas que acercó a mis ojos inquietos y casi tartamudeando afirmé. No había podido evitar ver alguno de mis dibujos de la libreta, se disculpó varias veces por haberlo hecho. Y a partir de entonces empezamos a follar cada día.

Woodstock fue el momento álgido de nuestra relación y también el epílogo nunca esperado. Nos habíamos prometido querernos siempre. De hecho, estábamos convencidos de ello. Pero fue justamente allí, me acuerdo perfectamente, antes de que saliera al escenario Janis, la que ya me traía de cabeza por entonces, cuando conocí a Jean Pierre.