Aullamos, aullamos, aullamos, auuuuuuuuuuuu



viernes, 17 de junio de 2011

Desnuda


Marcel (Hidden Reflection) por Ryan McGinley, obviamente



No hay nada más delicioso que descubrir la poesía de Poe un jueves por la noche después de un terrible dolor de cabeza y haber sentido a flor de piel la lejanía de nuestras almas que se vuelven casi siamesas en la oscuridad de la noche. En mis sueños seré Annabel Lee para que los ángeles me maten muertos de celos. Y tocar el minúsculo trozo de cama sobrante será la prueba definitiva. Durante esta ausencia, en el momento en que nos llenamos de introversión, se nos inunda el alma en una pena líquida, de un naranja grisáceo que podría confundirse con el cielo nocturno de nuestra bella Barcelona. Mi piel se excita con el roce de tus yemas que se mueven como plumas recorriendo mi cuerpo libre de desdicha por entonces. Y me distancio sin querer, vuelvo a caer en mi dulce tragedia y dejo de sentir la tuya, que pocas veces he podido atrapar, tras el ardor de tus ojos. Estoy perdida, nunca fui buena en eso de la orientación. Tengo una ala herida, pero tú me salvas ofreciéndome tu brazo de robot. Hablo de ternura, de la belleza máxima de Saturno y de vivir atrapada en enormes torres hambrientas de mi ser, el reino de la tenebrosa arquitectura. Personas, mundo y vida. Todo es mío y yo solo hago que degustarlo. También permito coger un trozo de mi pastel, pero sin dejar que devoren mi ser, tan vulnerable ante la luna. ¿Puedo hablar de ti?

miércoles, 8 de junio de 2011

Rania de Jordania

Dafne está chiflada, sí, pero también tiene momentos de cordura en los que ni Llamazares a su lado quedaría como un hombretón inteligente. Dice que es hija de Steve Jobs pero yo le echaría más un padre como George Harrison. Un día descubrió, según cuenta, que Robbie Williams es un Sim. Suele dudar de la gente, es fría al principio, por si a caso son extraterrestres. Le fastidia no creer en Dios porque le hubiese gustado ser monja. Los martes por la noche no suele dormir en casa porque dice que hace pociones en pisos de diablos. Le gustan las ruinas. Suele ir a leer al cementerio viejo que hay cerca de la montaña de detrás del piso de Julián. No entiende la televisión. Detesta las crestas de los gallos. Dice que ella nunca tiene la menstruación, que es como Liz Taylor pero con los ojos marrones, pero yo sé que es mentira porque siempre amenaza a sus ovarios con clavarles un cuchillo. Se siente indefensa ante la marea humana almacenada en su piso algún sábado noche. Suele ir fumada a horas intempestivas de la mañana. Te suele mirar para hacer un juicio rápido y lo sentencia con la pregunta más radical que te puedes esperar. Tiene el cabello dorado y siempre se lo tiene que estar apartando de los ojos. Cuenta que la noche después del concierto de MGMT en Lisboa, se tiró a Andrew VanWyngarden en un bosque encantado y las ramas de los árboles les acariciaban durante el acto. El otro día estaba sentada delante mío en el metro, me miró, y fue entonces cuando descubrí todo esto. Por un momento fui ella, fui Dafne y ella lo notó, toma si lo notó, ella quiso que yo fuese Dafne, fui poseída por Dafne. Pero vuelvo a ser yo, fue muy rápido, tanto que nadie de la ciudad subterránea lo notó hasta el momento fatídico. Esa toxicidad que la llevó a tal soledad fue la causante de su viaje a la ultratumba. Vi su vida en fotografías, cuando tendría que haber sido ella quién pudiese gozar de aquella bella película tenebrosa de un alma en pena, sumergida en un mundo que no era el nuestro.


Dreamer of dreams (Edmund Dulac)

domingo, 5 de junio de 2011

Píntame, Pierre Auguste

Se planteó tropecientas veces quitar aquel póster, pero nunca lo conseguía. Se rendía, se tiraba de cualquier manera encima de las sábanas azules -si no eran azules no las aceptaba como un buen sitio donde construir sueños nocturnos- y contemplaba las lucecitas propias de su careta de vedette. Cuando se cansaba de las bellas formas que hacía la luz naranjosa en la pared, mandaba su mirada al trocito de aire desaparecido por la llama de una vela -también azul- de olor a mora. Mientras fumaba, escribía con mala letra verdades que luego le parecían mentiras. Entonces, decidía arrugar la última hoja de la libreta -con frambuesas en sus tapas- y tirarla sin furia alguna sobre un suelo frío como su alma arropada por trapos que permitían su libertad corporal. Era la típica imagen de un poeta sumergido en la desdicha. Incluso aquel recogido en el pelo le daba aires masculinos y a la vez un toque femenino que formaba parte de la armonía del cuadro. No se consideraba bella por sus carnes ni por sus ojos en pena, pero intentaba nutrirse de la inquietud de su alma para sentir la belleza a flor de piel. Un papel menos en la libreta, un espacio menos en el suelo de la cueva. No lograría nada esa tarde de domingo, ninguna palabra conseguiría bailar un vals con su compañera de fila. La llama seguía manteniendo líquida su sumisa cera. La ventana empezaba a sembrar las dudas de su relación con los relojes. Pero esta vez, ella tenía la razón, la ventana había ganado la partida y lo oscuro se suele volver rojo.